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sábado, 24 de septiembre de 2016

Naranja oscuro.

Querido otoño,
te echaba de menos.

Contigo en mi vida puedo ver el cielo desde mi ventana, encontrarme un mar naranja y oro cuando miro hacia arriba y otro cuando miro al suelo. Puedo coger todas las hojas que has dejado caer y hacer una montaña con ellas, olvidarme de los bichos y tirarme de cabeza aunque me descoloque tres vértebras en el proceso. Puedo abrigarme hasta que sólo se me vean los ojos y saber que aún así vas a colarte entre la ropa con ese frío tan característico tuyo. Puedo volver a mis bufandas con olor a vainilla. Puedo volver a sentarme frente al fuego y perder la noción del tiempo perdida entre las llamas.

Puedo quejarme de lo horrible que va a ser sacar a la perrita a pasear nada más levantarme, todavía en pijama, pero sé que es a ti a quien necesito para terminar de despertarme.

Me animas a acurrucarme en el sofá, poner una película y no hacerle ni caso porque voy a estar mirando tu obra de arte. Me haces querer escribirle una carta a Van Gogh, preguntarle si querría pintarte, y decirle que esa alegría que tanto buscaba está en tu amarillo y naranja oscuro; decirle que siento muchísimo que se sintiera tan solo y triste, y que todo su trabajo sigue emocionándonos a día de hoy. Confesarle que me recuerdas a él y que él me recuerda a ti.

Quizás por el color, quizás por la nostalgia, a veces porque las dos juntas se convierten en otra obra de arte.

                                                 Contigo todo es frío pero todo es cálido.

                   Eres mi naranja oscuro, mi amarillo felicidad, mi dorado triste.


martes, 17 de mayo de 2016

Estrellas fugaces.

En ocasiones tenemos la suerte de toparnos con una persona que nos deja una pequeña marca, que aparece para dejarla y se va igual de rápido. Nos enseña un nuevo aspecto de nosotros mismos, y se va cerrando la puerta despacito; para que nos demos cuenta de que se ha ido, pero sin dar un portazo que nos deje mal sabor de boca.

Suelo llamarles estrellas fugaces.

Hace tiempo, años quizá, tuve la suerte de conocer una estrella fugaz. No se quedó mucho tiempo. Diversos factores externos provocaron una despedida que, sorprendentemente, no fue dolorosa. La recuerdo con el cariño de siempre, y todavía sonrío al pensar en ella.

Tenemos la mala costumbre de no prestar atención. Somos unos animalillos bastante despistados. Perdemos el bus, llegamos tarde al trabajo, olvidamos dónde está el cargador del móvil, nos volvemos locos buscando las gafas cuando las llevamos puestas, cerramos la puerta de una habitación olvidando que hay un gato dentro (lo siento, Neo), no nos damos cuenta de que el café se está enfriando, pasamos por alto una estrella fugaz.

No lo hagáis. Estad atentos. ¿Cuántas estrellas fugaces habrán pasado por nuestras vidas sin que nos demos cuenta? No perdáis detalle, agarráos a la lección que os traigan; ya sea envuelta en una despedida, en una discusión, o tan silenciosa que encontrarla parezca imposible. El envoltorio no cambia el valor del regalo.

Personalmente, me quedo con la lección que me dejó.
Recuerdo la frustración que sentía, casi parecía que mi falta de inspiración había entablado una batalla a muerte con mis ganas de escribir, y llevaban meses empatados.

Y entonces ella me dijo, "si no se te ocurre sobre qué escribir, escribe precisamente sobre eso."


En ocasiones tenemos la suerte de toparnos con estrellas fugaces.