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martes, 18 de agosto de 2015

Un poquito de caos.

Hoy tengo las ideas tan brutalmente revueltas que algunas ya han naufragado.
Huele a mar, a café, a veces a vainilla y a veces a él.

Hoy me he dado cuenta de que un poco de caos nunca viene mal. 

De ese que provoca una risa casi histérica; en voz baja, como cuando éramos niños y sabíamos que si el profesor nos escuchaba la íbamos a liar.
De ese que te deja sin aire; que te descoloca la temperatura corporal, como cuando estás al borde del orgasmo.
De ese que te deja en el sitio, con una cara que desde un punto de vista externo parece más bien de estornudo que de confusión; como cuando te das cuenta de que has respondido al "disfrute de su comida" del camarero con un "usted también".
De ese que es una mezcla entre intentar mantener un gesto serio y que no se note que te has sonrojado hasta las orejas; como cuando saludas por accidente y con toda la familiaridad del mundo a un completo desconocido.
De ese que acaba en tremendo hostión; como cuando tu cerebro decide que es mejor idea mirar a tu amigo mientras habláis y subís por una calle abarrotada, y te comes la farola.
De ese que te confunde los sentidos; como cuando estás con esa persona y ya no sabes dónde acabas tú y dónde empieza el otro, si lo que estás mordiendo es la almohada o a él, si ese olor es que la casa está ardiendo o eres tú quien se quema, si lo que miras son sus labios o el techo.
De ese que te deja el estómago incluso más revuelto que el bar del que acabas de salir; como cuando llevas unas copas de más y sabes que al día siguiente tu mayor apoyo y consuelo van a ser el suelo del baño y el retrete.
De ese que baila entre la sonrisa y el nerviosismo; como el primer saludo tras un tiempo sin veros.

Un poquito de caos a veces es lo mejor que puede haber.


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