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lunes, 12 de enero de 2015

Magia.

Se ha dicho muchas veces que para encontrar el secreto en un truco de magia hay que dar unos cuantos pasos hacia atrás. Observarlo desde lejos, tener una visión más general de lo que está rodeando al mago; porque sus acciones nos llevan a mirar exactamente donde quiere, mientras el truco ocurre en otro lugar, lejos de nuestra atención.

A veces creo que justo lo contrario ocurre con las personas.

Las miramos desde fuera, centrándonos en lo que ocurre en la superficie, y juzgamos sus trucos de magia en base a lo que estamos viendo desde nuestro punto de vista general.

Y en lo que hay que fijarse es exactamente en lo que un mago catalogaría como un "mierda, me han pillado". Hay que acercarse, ver la magia desde más cerca, es la única forma de entenderla e incluso llegar a apreciarla.

En un trayecto de bus uno de sus solitarios pasajeros está sonriendo hacia nada en concreto, probablemente sin si quiera darse cuenta de que lo está haciendo.
Qué le estará haciendo sonreír.
¿Será que se ha acordado de su niñez al darse cuenta de que estaba observando esas dos gotas de lluvia resbalar por el cristal y mentalmente estaba apostando cuál de ellas llegaría antes abajo? ¿O quizá habrá visto que en la acera el dueño de un perro ha acabado empapado después de que el animal decidiera que sería una buena idea sacudirse y desprenderse del agua? ¿Estará reviviendo recuerdos dignos de tal sonrisa? ¿O tal vez vuelve a casa después de una buena noticia en el trabajo? Son tantas las posibilidades, hay tantos trucos distintos capaces de provocar esa magia.

Aunque, en ocasiones, lo complicado es saber si la magia está ocurriendo dentro de esa persona, o es provocada por el entorno. Y tampoco tienen por qué ir separadas, a veces uno de los trucos necesita el otro antes de que podamos ver el resultado final.

Pero eso, como todo en esta vida, hay que averiguarlo intentándolo.