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domingo, 26 de octubre de 2014

Vainilla.

El frío me pide excusas y me las da.
 
Me exige saber por qué estoy en cama con mi pijama favorito en lugar de dedicarme a tiritar en el mundo exterior. Y por mucho que le diga que prefiero disfrutar de un café y una película en el sofá, su respuesta siempre es la misma. "A mí no me engañas. Te encanta pasar frío."

Y es así. Me encanta abrigarme tanto que parezca un ovillo de lana con cabeza y aún así tener frío. Me distrae y hace que me distraiga. Que busque excusas para pensar en algo que no sea en lo jodidamente helada que estoy, y es entonces cuando el mundo está hecho de detalles. Cuando reparo por primera vez en lo bonita que es la hoja de ese árbol completamente cubierta de rocío congelado. Cuando me convierto en un dragón cada vez que respiro con la boca abierta. Cuando las telas de araña están hechas de perlas de cristal. Cuando, sin quererlo, interrumpo el descanso de un pájaro y abandona su escondite entre las ramas de un árbol tan abruptamente que me da un susto de la hostia. O cuando me arriesgo a una contractura por pasarme media hora mirando hacia arriba, tratando de adivinar detrás de qué nube estará escondido el sol.

Pero mi detalle favorito siempre será la sensación de respirar con la bufanda tapándome la boca y la nariz, porque así el aire huele a mi colonia. 

El frío huele a vainilla.


domingo, 19 de octubre de 2014

No del todo.

Lo difícil no era la guerra, lo difícil era la paz.

Conocían los puntos débiles del contrario. Por eso siempre estaban alerta, esperando el próximo ataque.

Y como de costumbre, nunca ocurría nada. Sólo silencio. Y en cierto modo, eso era lo peor, porque la soledad era el mayor punto débil de ambos.

Y el tiempo seguía su curso, con o sin ellos. Se encerraban en sus mundos y encadenaban el deseo. El deseo de abrazarse, de mirarse, de acariciarse. Lo empujaban al fondo del mayor y más oscuro pozo, porque cada vez que se dejaban llevar no eran capaces de asimilar y frenar las consecuencias a tiempo.

Era como intentar mezclar el fuego con el hielo. Como desencadenar una catástrofe natural en masa. Y lo peor era que cada acto aleatorio del mundo les atraía de nuevo al mismo lugar. Casi parecía que el universo había decidido convertirlos en su nuevo juguete.
Es tan cruel, tan frívolo... sólo se tienen a ellos, y no pueden estar juntos. No del todo.
Quizá... sólo durante el fugaz segundo que dura la pausa final de ese último latido de corazón.

Y así fue como lo entendieron.

Así fue como la Vida y la Muerte se enamoraron.