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miércoles, 23 de abril de 2014

Piedras y caídas.

Si algo he aprendido es que las hostias que te vas dando a lo largo de tu vida dependen del tipo de atención que prestes al entorno. Por ejemplo:

Recuerdo que cuando era pequeña estaba corriendo por el jardín, feliz y diminuta como era. Tropecé en el pequeño camino de piedra y volví llorando a casa con una rodilla rascada y mis pantalones favoritos manchados de sangre y polvo blanquecino. Recuerdo que mis padres me hicieron una cura, y me pusieron unos pantalones más cortos para que la tela no me rozara con la piel alrededor de la herida que se había sensibilizado.
Salí a fuera, contenta porque ya había pasado lo peor. Eché a correr de nuevo y volví a esnafrarme.

Contra. La. Misma. Puta. Piedra.

Y es que así es todo. ¿Os dáis cuenta?

Algo se interpone en nuestro camino y nos caemos, pero una vez todo ha pasado volvemos a recorrer la misma ruta con la misma despreocupación e insensatez que nos llevó a la primera caída. Pensamos que como ya ha ocurrido una vez, no se volverá a repetir.

Pero la piedra va a seguir ahí, lo único que puede cambiarse es el camino que tomemos. Y evitar ese bache no significa tener que dar la vuelta entera a la casa para poner una distancia que supere la requerida en las órdenes de alejamiento, eso es ser un poco bestia. Basta con pisar un poco más a la izquierda o a la derecha, o simplemente poner el pie encima de la piedra para que nuestros zapatos no se enganchen con ella.

P.D.: Si la piedra tiene el tamaño del Everest no vale pisarla, hay que desviarse, aunque acabes en un sitio que se sale de tus planes y que no conoces en absoluto. Se llama aprender.