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miércoles, 12 de marzo de 2014

Sección A, estantería 2.

La vida me debe un par de disculpas.

La primera porque me haces detestarte y quererte al mismo tiempo, lo que es asquerosamente frustrante y confuso. Te pondré un ejemplo.

Querido diario,
hoy he visto el sol ponerse.
No lo busqué, simplemente apareció.

Mi estado natural se basa en tumbarme boca abajo en cama con el ordenador frente a mí, pero hoy ocurrió algo distinto. Mientras trataba de ver un episodio de una serie, de apartar con una mano a la pelusa que tengo por gato para que no me pisoteara el teclado, y de controlar con la otra que la taza de café que sostenía no recibiera una sacudida lo suficientemente fuerte como para recibir una ducha azucarada y ardiendo descubrí que al inclinarme hacia un lado para coger al animal la luz del sol, a mi izquierda y un poco hacia atrás, se reflejaba de tal forma en la pantalla que Hugh Dancy perdió media cara.

Puse la taza a salvo, al gato bajo las mantas para distraerle y molestarle (no te enfades, Jarvis; pero a veces eres imposible), y le di a pausa.

Tantas horas de invierno me habían hecho olvidar que el sol se pone en frente de mi ventana, y por un momento hasta creí que me hablaba... yo también me alegro de verte, ha pasado mucho tiempo, Sara.

Como cabía de esperar, Jarvis se marchó, probablemente indignado porque primero le ignoré por la serie, y después por el sol.

Por un momento estuve a punto de volver a mi episodio. Pero últimamente el mundo es tan extraño, y los días se me hacen tan lentos... no quería que pasara otra eternidad hasta poder volver a verle. Así que me tumbé sobre mi lado derecho, con la taza, y dejando que el tiempo calentara mis manos y enfriara el café.

No sé cuánto tiempo estuve mirándote, pero te prometo que cogeré cada minuto y lo guardaré en la sección A, estantería 2. A veces son las cosas más simples las que pueden arreglarte el día. Y en aquel momento, bajo las mantas y viéndote descender despacio entre los árboles con ese color anaranjado y rojo tan hipnótico, yo era feliz.

Así que, tras pensarlo mejor, hagamos un trato: no necesitas disculparte siempre y cuando te hagas con una buena piedra y me recuerdes de vez en cuando que tengo que prestarte atención (pero sutilmente, no te pases).

Y hablando de piedras, algo de lo que sí espero una disculpa es de tu manía de ir dejándolas por ahí.

A algunos nos vendría bien un descanso, tener las rodillas así no suele dar muy buena impresión en público.


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