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viernes, 14 de marzo de 2014

Silencio.

Recuerdo estar paseando por un bosque en el que jamás había estado. Los árboles eran increíbles, gigantes y las hojas prácticamente impedían el paso de la luz del sol, pero al mismo tiempo su color anaranjado y marrón llenaba el bosque de una luz cálida y reconfortante.

Y a pesar de ello, me sentí triste, no sé por qué.

Me dejé guiar por el tiempo y por mis pasos casi involuntarios; y acabé en un claro, uno pequeño. Había una casa que probablemente llevaba años abandonada, y la valla que flanqueaba uno de los laterales apenas estaba clavada en el suelo, se balanceaba con el viento. Pero nada de aquello llamó mi atención.

Mi tristeza escaneó el lugar y se posó leve pero decididamente sobre un árbol solitario, a unos metros del garaje de la casa. Definitivamente, nadie había vivido allí en años. La pequeña semilla de aquel roble había empezado a crecer bajo un coche, y ni el metal ni el cuero de sus asientos le habían detenido. Había atravesado el coche y ahora era un hermoso y gran árbol, un auténtico ejemplo a seguir.

Quise llorar. De hecho, creo que lo hice.

Recuerdo haber deslizado la mano por la rugosa superficie del capó, y también que me asusté cuando mi mano levantó un trozo de pintura y ésta se quebró, dejando en mi palma una pequeña y fina lámina de pintura negra que casi se deshizo cuando intenté cogerla con dos dedos.

Me sentí todavía más triste.

Probablemente aquel coche había sido un buen y fiel amigo. Quería saber qué había ocurrido para que su dueño lo abandonara allí. Qué podría haber provocado que lo dejaran allí, a la espera de alguien que lo hiciera funcionar de nuevo, aunque fuera una última vez.
La hiedra que se enroscaba en torno al volante, la palanca de cambios y los asientos se me antojaba cruel, como si intentara retenerlo ahí.

Se me pasaron miles de escenas por la cabeza; quise imaginar viejas canciones de las que nadie recuerda hoy la letra, cálidas charlas por una carretera empapada, fugazes bienvenidas y lentas despedidas. Quise imaginarme su historia, su pasado.

Recuerdo que el árbol se estremeció con un crujido, como si le disgustara que aquella visión me entristeciera, como si tratara de decirme que él estaba ahí, cuidando aquella joya, asegurándose de que permaneciera viva junto a él.

Y me pregunté si algún día la civilización llegaría hasta ahí, si algún día una pandilla de amigos pasarían junto a él, completamente ajenos de que bajo aquella capa de hiedra, musgo y hojas secas se encontraba la historia de toda una vida.
Aquella imagen me enfureció.
Pero también consideré que quizá, dentro de mucho tiempo, otra alma curiosa se sentiría atraída por el destello que el sol provocará al reflejarse en alguna zona que mantenga un leve brillo; que se acercaría, y que descubriría lo que yo había descubierto. Un viejo coche y su árbol guardián.

El árbol volvió a estremecerse, tan fuerte que el vehículo crujió con él.

- Está bien, ya me voy. Lo siento. -Recuerdo que le dije aquellas simples palabras con todo el cariño que fui capaz de demostrar, y el silencio volvió a llenar el bosque. Ni si quiera había pájaros. El silencio era una muestra de respeto. -Cuida de él, por favor. -Le pedí en voz baja, quizá al árbol, quizá al coche. No importaba, los quería a ambos a salvo, sumidos en un silencio que sólo podía significar una cosa.

Un "descansa en paz" eterno.

Y me desperté, completamente segura de que a veces, esos objetos a los que nos aferramos al principio, se convierten en un poderoso recuerdo al final.


miércoles, 12 de marzo de 2014

Sección A, estantería 2.

La vida me debe un par de disculpas.

La primera porque me haces detestarte y quererte al mismo tiempo, lo que es asquerosamente frustrante y confuso. Te pondré un ejemplo.

Querido diario,
hoy he visto el sol ponerse.
No lo busqué, simplemente apareció.

Mi estado natural se basa en tumbarme boca abajo en cama con el ordenador frente a mí, pero hoy ocurrió algo distinto. Mientras trataba de ver un episodio de una serie, de apartar con una mano a la pelusa que tengo por gato para que no me pisoteara el teclado, y de controlar con la otra que la taza de café que sostenía no recibiera una sacudida lo suficientemente fuerte como para recibir una ducha azucarada y ardiendo descubrí que al inclinarme hacia un lado para coger al animal la luz del sol, a mi izquierda y un poco hacia atrás, se reflejaba de tal forma en la pantalla que Hugh Dancy perdió media cara.

Puse la taza a salvo, al gato bajo las mantas para distraerle y molestarle (no te enfades, Jarvis; pero a veces eres imposible), y le di a pausa.

Tantas horas de invierno me habían hecho olvidar que el sol se pone en frente de mi ventana, y por un momento hasta creí que me hablaba... yo también me alegro de verte, ha pasado mucho tiempo, Sara.

Como cabía de esperar, Jarvis se marchó, probablemente indignado porque primero le ignoré por la serie, y después por el sol.

Por un momento estuve a punto de volver a mi episodio. Pero últimamente el mundo es tan extraño, y los días se me hacen tan lentos... no quería que pasara otra eternidad hasta poder volver a verle. Así que me tumbé sobre mi lado derecho, con la taza, y dejando que el tiempo calentara mis manos y enfriara el café.

No sé cuánto tiempo estuve mirándote, pero te prometo que cogeré cada minuto y lo guardaré en la sección A, estantería 2. A veces son las cosas más simples las que pueden arreglarte el día. Y en aquel momento, bajo las mantas y viéndote descender despacio entre los árboles con ese color anaranjado y rojo tan hipnótico, yo era feliz.

Así que, tras pensarlo mejor, hagamos un trato: no necesitas disculparte siempre y cuando te hagas con una buena piedra y me recuerdes de vez en cuando que tengo que prestarte atención (pero sutilmente, no te pases).

Y hablando de piedras, algo de lo que sí espero una disculpa es de tu manía de ir dejándolas por ahí.

A algunos nos vendría bien un descanso, tener las rodillas así no suele dar muy buena impresión en público.