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miércoles, 5 de noviembre de 2014

Tierra Media.

A veces me gustaría poder decicarme a la enseñanza.

Nada de historia, idiomas o matemáticas (aléjate de mí, Satanás). Me gustaría poder enseñar sobre las personas. Sobre lo que nos une y lo que somos en el fondo.

Me gustaría llevar un caja llena de chocolatinas a clase y comenzar a citar frases de libros, de películas, de series, de filósofos. Sólo citarlas. Y aquellos que adivinen el origen se llevan una chocolatina. Que al final de la clase la caja esté vacía, y explicarles entonces que el hecho de que ahora todos ellos tengan una es porque nos une algo mucho más fuerte que la sangre o incluso el amor; nos une la memoria y el tiempo.

Porque esa cita de ese libro que ese chico ha adivinado antes que otros tres significa que aunque los cuatro la reconocieron, sólo uno la tenía lo sufucientemente grabada a fuego como para adivinarla con más rapidez que el resto. Significa que en un punto de su vida la ha escuchado o leído, y algo en su significado ha hecho que la recuerde tan intensamente. Será una frase que quizás avive la curiosidad en aquellos que no la conozcan, y que les empuje a echar un vistazo a su origen; quedándose con ella o con un distinta, pero dejando una pequeña marca en su memoria al igual que lo hizo con los cuatro que ya la conocían.
Explicarles que el hecho de que todos y cada uno de ellos haya adivinado esa cita de esa película de moda y actual no significa en absoluto falta de originalidad cultural, si no que demuestra cómo el cambio de generación en generación, el tiempo, diferencia a las personas. Del mismo modo que lo corrobora el que todos hayan encontrado en algún lugar de su memoria la respuesta a la cita que hacía referencia a una película que se salía de la longevidad de nuestra propia generación, pero que de igual modo nos había llamado la atención lo suficiente como para quedarnos con ella.

Son el tiempo, la memoria y las personas las que nos unen. Por muy insignificante o casi olvidado que esté, siempre va a haber algo que compartamos.

Por ejemplo, a veces sólo hace falta recordar que aunque uno esté en Mordor y el otro en Rivendell, todos vivimos en la Tierra Media.



domingo, 26 de octubre de 2014

Vainilla.

El frío me pide excusas y me las da.
 
Me exige saber por qué estoy en cama con mi pijama favorito en lugar de dedicarme a tiritar en el mundo exterior. Y por mucho que le diga que prefiero disfrutar de un café y una película en el sofá, su respuesta siempre es la misma. "A mí no me engañas. Te encanta pasar frío."

Y es así. Me encanta abrigarme tanto que parezca un ovillo de lana con cabeza y aún así tener frío. Me distrae y hace que me distraiga. Que busque excusas para pensar en algo que no sea en lo jodidamente helada que estoy, y es entonces cuando el mundo está hecho de detalles. Cuando reparo por primera vez en lo bonita que es la hoja de ese árbol completamente cubierta de rocío congelado. Cuando me convierto en un dragón cada vez que respiro con la boca abierta. Cuando las telas de araña están hechas de perlas de cristal. Cuando, sin quererlo, interrumpo el descanso de un pájaro y abandona su escondite entre las ramas de un árbol tan abruptamente que me da un susto de la hostia. O cuando me arriesgo a una contractura por pasarme media hora mirando hacia arriba, tratando de adivinar detrás de qué nube estará escondido el sol.

Pero mi detalle favorito siempre será la sensación de respirar con la bufanda tapándome la boca y la nariz, porque así el aire huele a mi colonia. 

El frío huele a vainilla.


domingo, 19 de octubre de 2014

No del todo.

Lo difícil no era la guerra, lo difícil era la paz.

Conocían los puntos débiles del contrario. Por eso siempre estaban alerta, esperando el próximo ataque.

Y como de costumbre, nunca ocurría nada. Sólo silencio. Y en cierto modo, eso era lo peor, porque la soledad era el mayor punto débil de ambos.

Y el tiempo seguía su curso, con o sin ellos. Se encerraban en sus mundos y encadenaban el deseo. El deseo de abrazarse, de mirarse, de acariciarse. Lo empujaban al fondo del mayor y más oscuro pozo, porque cada vez que se dejaban llevar no eran capaces de asimilar y frenar las consecuencias a tiempo.

Era como intentar mezclar el fuego con el hielo. Como desencadenar una catástrofe natural en masa. Y lo peor era que cada acto aleatorio del mundo les atraía de nuevo al mismo lugar. Casi parecía que el universo había decidido convertirlos en su nuevo juguete.
Es tan cruel, tan frívolo... sólo se tienen a ellos, y no pueden estar juntos. No del todo.
Quizá... sólo durante el fugaz segundo que dura la pausa final de ese último latido de corazón.

Y así fue como lo entendieron.

Así fue como la Vida y la Muerte se enamoraron.


lunes, 29 de septiembre de 2014

Costumbres.

Me he acostumbrado a ser testigo del trabajo del cartero a las seis de la mañana. Y creo que él se ha acostumbrado a ver la luz de mi habitación encendida. Es la rutina de siempre: primero el ruido, después las luces delanteras entrando por la ventana como si estuvieran escaneando el cuarto, el ruido se aleja, el coche da la vuelta en el cruce al final del camino, el ruido vuelve, luces traseras, el periódico golpeando el suelo del jardín, el ruido y las luces traseras se van.

Me pregunto si sentirá curiosidad. Si pensará que es la habitación de alguien con miedo a la oscuridad, alguien que se siente mejor si duerme en compañía de una cálida luz. O si quizás ya ha adivinado que el dueño de ese cuarto sufre de insomnio.
Aunque lo más probable es que haya dejado de cuestionárselo hace tiempo, o que simplemente no le interese.

Todos nos acostumbramos a ciertas cosas, algunas más extrañas que otras. Los habrá que se hayan acostumbrado al otoño, otros a las duchas frías, a conducir siempre con el depósito en reserva, a no fumar fuera los días de viento para no quedarse sin la mitad de las caladas, al olor de la pintura, a no llegar a fin de mes,  al rechazo, al polvo de reconciliación, a la lluvia, al miedo, a los pingüinos, a los atascos, a las caricias, a los carteros.

Al insomnio.

miércoles, 6 de agosto de 2014

A veces me pregunto.

A veces me pregunto quién inventó las estrellas. Quién les pone nombre y quién decide su importancia. A veces me siento ofendida porque Plutón ya no es parte del sistema solar, y no está bien marginar a nadie. A veces me pregunto por qué los árboles no pueden ser pequeños como flores y las flores grandes como árboles. A veces me pregunto si al mirarme en el espejo mi reflejo es mi verdadero yo; y yo, pequeña y asustada, sólo soy el reflejo. A veces me pregunto si los pájaros sienten vértigo y si los lobos aúllan a la luna porque quieren que se acerque para poder tocarla.
A veces me pregunto si es verdad eso de que cuando sientes un vacío repentino y sin motivo alguno es porque alguien en algún sitio ha muerto, pero nadie ha llorado su pérdida, y la tristeza se le asigna a una persona aleatoria. A veces me pregunto si en realidad los locos son almas demasiado grandes para un simple cuerpo mortal, o si nosotros la hemos perdido hace mucho y por eso no les entendemos. A veces me pregunto cuántos tipos distintos de bromas sobre las alitas de pollo existirían si los humanos tuviéramos alas. Y también cuántas atrocidades más cometeríamos nosotros, sin alma y con ese nuevo par de extremidades.
A veces me pregunto cuántos soldados habrán vuelto a casa en toda la historia de la humanidad, y cuántos lo habrán hecho sin haberse llevado una sola vida por delante. A veces me pregunto por qué la gente no se da cuenta de que si los de abajo se mueven, los de arriba se caen.

Y a veces me pregunto qué habremos hecho mal para que a pesar de ser alrededor de seis mil millones de personas juntas en un mismo planeta, nos sintamos tan solos.

martes, 1 de julio de 2014

Lunares y estrellas.

Tengo dos lunares en la palma de la mano izquierda. Uno entre el pulgar y el índice, y el otro justo en el extremo opuesto de la mano, totalmente paralelos. Solía dibujarme constelaciones a partir de esos dos puntos; y la mayoría de las veces, cuando mi cabeza volvía a la realidad, descubría que la tinta del bolígrafo me cubría toda la mano.

La primera vez que me di cuenta de en qué había gastado toda aquella tinta de un viejo, olvidado y probablemente ya destruído boli Bic fue cuando aprendí que absolutamente todo es una reacción en cadena. Hasta lo más insignificante te lleva a algo que recordarás, por lo que te recordarán o que querrás recordar.

Aquel primer día que mi mano se convirtió en un pequeño pero entretenido lienzo hubo dos cosas que me sorprendieron.

La primera, la forma tan extraordinaria en la que perdí la noción del tiempo desde la primera línea hasta la última. Como si en realidad sólo hubiera dibujado un par de trazos en unos cuantos segundos. Y había pasado una hora. Pero esa es la parte que algún día olvidaré.

La segunda fue la que desató la reacción en cadena. El olor de la tinta. Era tan fuerte, y tan característico, que me hizo preguntarme por qué. Por qué olía así, por qué la azul huele más fuerte que la negra o la roja, o por qué la roja es más difícil de sacar de la piel. Lo que me llevó a hacer más pruebas, con distintos colores. Y eso despertó mi curiosidad lo suficiente como para empujarme a hacer una búsqueda en Google sobre el material que constituía la tinta de bolígrafo. Después, acabé descubriendo que en 1888 un locuaz John Loud tuvo la idea de poner esa bolita en la punta del bolígrafo para poder diseñar patrones cómodamente sobre el cuero con el que trabajaba (ha estado muy espabilado usted ahí, señor Loud). De nuevo, la cadena continuó, y me llevó a leer la historia sobre la encuadernación en cuero. Entonces me llamó la atención la pequeña imagen que añadieron como ejemplo, la de un libro antiguo con tapa de cuero llamado "Don Segundo Sombra"; pero antes de que pudiera enterarme qué clase de historia contaba ese libro hubo una parte de mí (la única que parecía poner verdadero empeño en aferrarse a la realidad) a la que se le dio por preguntar cómo coño me las había arreglado para acabar con una obra de Guiraldes si lo único que yo pretendía era saber por qué la tinta de bolígrafo tenía ese olor.

Reacción en cadena.

De hecho, creo que acabo de darme cuenta de que esas reacciones en cadena se cruzan las unas con las otras. Por ejemplo, la de nuestro John Loud se ha alargado tanto que me ha atraído a mí, que se ha enroscado en torno a mi muñeca y me ha llevado a conocer una porción de su historia.

Y añadiendo un nuevo eslabón a la mía... aquí estoy, escribiendo esto.

Y todo empezó con dos lunares.


miércoles, 11 de junio de 2014

Quiero ser una historia.

De mayor quería ser actriz, veterinaria o escritora. Pero creo que ha llegado un momento en mi vida en el que ya sé con certeza qué quiero ser. Quiero ser una historia.

Lo sé, yo también puse esa cara.

Pero piénsalo. Las crean veintisiete simples letras, pero siempre colocadas de forma distinta, agrupadas en diferentes frases y separadas en distintos párrafos. Nunca habrá una historia igual a otra. Es exactamente como nosotros. Nunca dos iguales. Quizá parecidas, sí, tan similares que se podría decir que son almas gemelas, pero ese tema no entra en el examen de hoy.

Hace falta algo más que un conjunto de letras.
Hace falta algo más que una simple persona.
Necesitamos algo más.

Si no echáramos mano de la imaginación y de las emociones no tendríamos forma de darle vida a una historia. De la misma forma que sin esos dos ingredientes las personas no estarían realmente vivas.

“El orden de los factores no altera el producto.” Nosotros mismos somos la excepción que confirma la regla; porque para darle vida a una historia jugamos con la imaginación y nos peleamos con las emociones; retorciéndolas y quemándolas e iluminándolas.

Pero para darle vida a  una persona, son la imaginación y las emociones quienes juegan con nosotros; retorciéndonos, quemándonos e iluminándonos.


He tardado mi tiempo, sí. Pero ya sé qué quiero ser de mayor. Quiero ser una historia.


jueves, 15 de mayo de 2014

Un brindis.

Un minuto de silencio, por favor.

Un minuto de silencio por todos los recuerdos fallecidos y por todas las sonrisas en estado crítico. Por los abrazos en coma, y las miradas en estado terminal.

"Lo siento, hemos hecho todo lo que pudimos." No, no lo dijo el médico. Lo adivinamos nosotros.

A veces parece que lo que soltamos es una vida, y no una amistad. Superamos el vacío como superamos una muerte. Qué raro es el mundo, ¿verdad? Hasta que punto los humanos hemos desarrollado tanto la capacidad de querer, que aunque alguien se haya ido por otro camino en lugar de a otra vida, lloramos su pérdida como si se tratase de lo segundo. En cierto modo, me asombra lo destructivo y bello que puede llegar a ser.

Pero en ambos casos, siempre, siempre llegará el día en el que lo aceptemos.

Y por ello, pido un brindis.

Un brindis por esas ráfagas de viento que nos revolvían el pelo y las sonrisas, por las olas heladas y cristalinas que empapaban nuestras piernas y el corazón, por las estrellas y pájaros que fueron testigo de nuestras reflexiones sobre el universo, por toda la música que nos hizo bailar, y por todas las noches que nuestra presencia hacía compañía a ese satélite al que los lobos aullan.

Nadie se va del todo mientras sigamos siendo personas. Porque podemos echar mano de algo muchísimo más poderoso que la ausencia: los recuerdos. Y nunca un "adiós" es definitivo, porque las personas tenemos la esperanza como aliado; y, por una vez, el destino se presenta como neutral.

Así que pensándolo bien... 
                                                    pido un minuto de ruido, un brindis con las copas al revés, y una sonrisa que desentierre hasta los recuerdos más pequeños y casi olvidados.


miércoles, 23 de abril de 2014

Piedras y caídas.

Si algo he aprendido es que las hostias que te vas dando a lo largo de tu vida dependen del tipo de atención que prestes al entorno. Por ejemplo:

Recuerdo que cuando era pequeña estaba corriendo por el jardín, feliz y diminuta como era. Tropecé en el pequeño camino de piedra y volví llorando a casa con una rodilla rascada y mis pantalones favoritos manchados de sangre y polvo blanquecino. Recuerdo que mis padres me hicieron una cura, y me pusieron unos pantalones más cortos para que la tela no me rozara con la piel alrededor de la herida que se había sensibilizado.
Salí a fuera, contenta porque ya había pasado lo peor. Eché a correr de nuevo y volví a esnafrarme.

Contra. La. Misma. Puta. Piedra.

Y es que así es todo. ¿Os dáis cuenta?

Algo se interpone en nuestro camino y nos caemos, pero una vez todo ha pasado volvemos a recorrer la misma ruta con la misma despreocupación e insensatez que nos llevó a la primera caída. Pensamos que como ya ha ocurrido una vez, no se volverá a repetir.

Pero la piedra va a seguir ahí, lo único que puede cambiarse es el camino que tomemos. Y evitar ese bache no significa tener que dar la vuelta entera a la casa para poner una distancia que supere la requerida en las órdenes de alejamiento, eso es ser un poco bestia. Basta con pisar un poco más a la izquierda o a la derecha, o simplemente poner el pie encima de la piedra para que nuestros zapatos no se enganchen con ella.

P.D.: Si la piedra tiene el tamaño del Everest no vale pisarla, hay que desviarse, aunque acabes en un sitio que se sale de tus planes y que no conoces en absoluto. Se llama aprender.



viernes, 14 de marzo de 2014

Silencio.

Recuerdo estar paseando por un bosque en el que jamás había estado. Los árboles eran increíbles, gigantes y las hojas prácticamente impedían el paso de la luz del sol, pero al mismo tiempo su color anaranjado y marrón llenaba el bosque de una luz cálida y reconfortante.

Y a pesar de ello, me sentí triste, no sé por qué.

Me dejé guiar por el tiempo y por mis pasos casi involuntarios; y acabé en un claro, uno pequeño. Había una casa que probablemente llevaba años abandonada, y la valla que flanqueaba uno de los laterales apenas estaba clavada en el suelo, se balanceaba con el viento. Pero nada de aquello llamó mi atención.

Mi tristeza escaneó el lugar y se posó leve pero decididamente sobre un árbol solitario, a unos metros del garaje de la casa. Definitivamente, nadie había vivido allí en años. La pequeña semilla de aquel roble había empezado a crecer bajo un coche, y ni el metal ni el cuero de sus asientos le habían detenido. Había atravesado el coche y ahora era un hermoso y gran árbol, un auténtico ejemplo a seguir.

Quise llorar. De hecho, creo que lo hice.

Recuerdo haber deslizado la mano por la rugosa superficie del capó, y también que me asusté cuando mi mano levantó un trozo de pintura y ésta se quebró, dejando en mi palma una pequeña y fina lámina de pintura negra que casi se deshizo cuando intenté cogerla con dos dedos.

Me sentí todavía más triste.

Probablemente aquel coche había sido un buen y fiel amigo. Quería saber qué había ocurrido para que su dueño lo abandonara allí. Qué podría haber provocado que lo dejaran allí, a la espera de alguien que lo hiciera funcionar de nuevo, aunque fuera una última vez.
La hiedra que se enroscaba en torno al volante, la palanca de cambios y los asientos se me antojaba cruel, como si intentara retenerlo ahí.

Se me pasaron miles de escenas por la cabeza; quise imaginar viejas canciones de las que nadie recuerda hoy la letra, cálidas charlas por una carretera empapada, fugazes bienvenidas y lentas despedidas. Quise imaginarme su historia, su pasado.

Recuerdo que el árbol se estremeció con un crujido, como si le disgustara que aquella visión me entristeciera, como si tratara de decirme que él estaba ahí, cuidando aquella joya, asegurándose de que permaneciera viva junto a él.

Y me pregunté si algún día la civilización llegaría hasta ahí, si algún día una pandilla de amigos pasarían junto a él, completamente ajenos de que bajo aquella capa de hiedra, musgo y hojas secas se encontraba la historia de toda una vida.
Aquella imagen me enfureció.
Pero también consideré que quizá, dentro de mucho tiempo, otra alma curiosa se sentiría atraída por el destello que el sol provocará al reflejarse en alguna zona que mantenga un leve brillo; que se acercaría, y que descubriría lo que yo había descubierto. Un viejo coche y su árbol guardián.

El árbol volvió a estremecerse, tan fuerte que el vehículo crujió con él.

- Está bien, ya me voy. Lo siento. -Recuerdo que le dije aquellas simples palabras con todo el cariño que fui capaz de demostrar, y el silencio volvió a llenar el bosque. Ni si quiera había pájaros. El silencio era una muestra de respeto. -Cuida de él, por favor. -Le pedí en voz baja, quizá al árbol, quizá al coche. No importaba, los quería a ambos a salvo, sumidos en un silencio que sólo podía significar una cosa.

Un "descansa en paz" eterno.

Y me desperté, completamente segura de que a veces, esos objetos a los que nos aferramos al principio, se convierten en un poderoso recuerdo al final.


miércoles, 12 de marzo de 2014

Sección A, estantería 2.

La vida me debe un par de disculpas.

La primera porque me haces detestarte y quererte al mismo tiempo, lo que es asquerosamente frustrante y confuso. Te pondré un ejemplo.

Querido diario,
hoy he visto el sol ponerse.
No lo busqué, simplemente apareció.

Mi estado natural se basa en tumbarme boca abajo en cama con el ordenador frente a mí, pero hoy ocurrió algo distinto. Mientras trataba de ver un episodio de una serie, de apartar con una mano a la pelusa que tengo por gato para que no me pisoteara el teclado, y de controlar con la otra que la taza de café que sostenía no recibiera una sacudida lo suficientemente fuerte como para recibir una ducha azucarada y ardiendo descubrí que al inclinarme hacia un lado para coger al animal la luz del sol, a mi izquierda y un poco hacia atrás, se reflejaba de tal forma en la pantalla que Hugh Dancy perdió media cara.

Puse la taza a salvo, al gato bajo las mantas para distraerle y molestarle (no te enfades, Jarvis; pero a veces eres imposible), y le di a pausa.

Tantas horas de invierno me habían hecho olvidar que el sol se pone en frente de mi ventana, y por un momento hasta creí que me hablaba... yo también me alegro de verte, ha pasado mucho tiempo, Sara.

Como cabía de esperar, Jarvis se marchó, probablemente indignado porque primero le ignoré por la serie, y después por el sol.

Por un momento estuve a punto de volver a mi episodio. Pero últimamente el mundo es tan extraño, y los días se me hacen tan lentos... no quería que pasara otra eternidad hasta poder volver a verle. Así que me tumbé sobre mi lado derecho, con la taza, y dejando que el tiempo calentara mis manos y enfriara el café.

No sé cuánto tiempo estuve mirándote, pero te prometo que cogeré cada minuto y lo guardaré en la sección A, estantería 2. A veces son las cosas más simples las que pueden arreglarte el día. Y en aquel momento, bajo las mantas y viéndote descender despacio entre los árboles con ese color anaranjado y rojo tan hipnótico, yo era feliz.

Así que, tras pensarlo mejor, hagamos un trato: no necesitas disculparte siempre y cuando te hagas con una buena piedra y me recuerdes de vez en cuando que tengo que prestarte atención (pero sutilmente, no te pases).

Y hablando de piedras, algo de lo que sí espero una disculpa es de tu manía de ir dejándolas por ahí.

A algunos nos vendría bien un descanso, tener las rodillas así no suele dar muy buena impresión en público.


miércoles, 5 de febrero de 2014

Niños.

Todos tenemos puntos de apoyo. Más fuertes o más débiles pero nos mantienen en pie; porque suelen decir que los humanos, cuando caemos en la oscuridad, buscamos la luz en otras personas.

Mi madre me dijo una vez que dejé de ser una niña muy pronto. Pero sé que sigo siendo inmadura, esa pequeña que creció aferrándose a todo lo que podía y que se caía de bruces contra el suelo si uno de esos apoyos se desvanecía a causa del tiempo, ese hijo de puta que sin saberlo hace desaparecer todo aquello que nos sujeta. Y yo me quedaba ahí, tirada en el suelo esperando a que alguien me levantara. Nunca quise levantarme yo sola, tenía miedo. Y nada ha cambiado, sigo asustada y mirando hacia arriba en busca de algo, en busca de alguien. 

A veces tengo la sensación de que si me miro las manos puedo ver las astillas de esas vigas que, llegado el momento, se cayeron al suelo y rodaron por una cuesta, lejos de mí.

Me enfado si pierdo las ganas por hacer algo, y por eso estoy enfadada continuamente. Con el mundo entero, como una niña pequeña. Y sé que es mi problema, sé que es mi forma de ser, sé que era mi forma de ser. Y no tenía ni idea de cómo cambiarlo, os lo juro, tal vez porque cuando decidí hacerlo ya había perdido las ganas, otra vez.

Pero todos crecemos, ¿verdad? Todos dejamos de ser niños asustados. Y quizá uno de los motivos por los que la última caída duele tanto sea porque nos damos cuenta de que no podemos seguir aferrándonos a alguien de una forma tan intensa. Ya sea familia, amigos, amores o almas gemelas.

Es cruel, injusto y un poco frívolo. 

Me pregunto cuántos se habrán dado cuenta de ello, y cuántos se habrán levantado, o cuántos nos habremos arrastrado a una esquina a esperar a que esas heridas cicatricen, infectadas o no, da igual; pero que cicatricen ya.

He llegado a un punto en el que tengo la sensación de que Cortázar o Poe podrían entenderme, y me pongo a reír cuando lo pienso.

Me hace gracia, porque quizá la persona más cruel o la que más ha sufrido ha escrito esas páginas entre las que me escondo.

Todo se oxida, y se deshace. Y oh, a veces desearía patearle el culo a todos esos que me han fallado y gritarles en la cara que yo jamás les abandoné y que merecía una explicación, que merezco una explicación. Pero somos así...

...crueles, injustos y un poco frívolos.



sábado, 25 de enero de 2014

Realidades propias y resacas.

No soporto tener frío y a los cinco minutos tener calor. O lo uno o lo otro. Los dolores de garganta a medianoche son el resultado de ese vaivén de temperaturas.

Pero hoy, a finales de enero y a las cuatro de la madrugada, me siento... ¿estable?. Quizá mañana me arrepienta, pero ahora voy a engancharme a esto. 

Voy a quedarme en cama, en tirantes y con el pelo recogido en un desastroso moño; porque el café, el edredón y esta bola de pelo anaranjada que ronronea como el motor de un Impala del 67 me mantienen a salvo del frío, a salvo de la realidad.

Voy a dejar que este momento se congele en el tiempo y seguiré quejándome mentalmente cada vez que las  gafas me resbalen por la nariz, es una sensación divertida; porque cuando los cristales graduados desaparecen y vuelvo a colocarlos para enfocar estas letras mis ojos tardan en acostumbrarse al cambio, lo suficiente como para hacer que sienta un pequeño y fugaz mareo como en esas noches en las que mi única compañía eran las teclas del ordenador y un vaso que todavía olía a Whiskey.

No voy a pensar en nada y pensaré en todo a la vez. Voy a ignorar a ese insolente pájaro que habla consigo mismo a las cuatro de la mañana, y al mismo tiempo voy a dejarme llevar por ese sonido tan impropio de un ave diurna. Voy a mirar a este pequeño felino dormir y de repente le haré cosquillas hasta que me enganche un dedo con sus mini colmillos.

Y repetiré este momento hasta que me canse de la rutina de sentirme así.


Estúpida rutina, arruinas hasta los mejores momentos. 

Pero lo peor, y al mismo tiempo lo mejor de todo es que:


martes, 7 de enero de 2014

Destinatario: realidad.

Querida realidad:

¿Te has dado cuenta de la de veces que te mencionamos? Todos esos... "pon los pies en la tierra", "ahí fuera no todo es tan fácil", "abre los ojos"... llevan tu nombre.

No me gustas. No eres real, como tu nombre dice, eres cruel. Nos preparas para lo peor, porque hasta cuando todo va bien siempre estás tú, escondida por ahí, encendiendo unas crispantes y ruidosas lucecitas en nuestras cabezas.

No estoy diciendo que no tengas razón. Pero a veces nos controlas hasta que nos olvidamos de que no sólo existes tú.

Pero yo no voy a caer. He aprendido de ti, un montón, lo admito. Pero no he olvidado que existe tu antónimo.

Sé vivir con tu compañía, pero ya conoces el dicho; donde caben dos, caben tres.

Y después de soñar con mi propia realidad cada noche siempre estoy más preparada para la tuya cuando me levanto por las mañanas. A veces hasta me escapo a mitad del día, cuando no mira nadie. Cuando mi ruido de fondo es algún tema de Kansas o de Styx, o incluso cuando necesito distraerme de ti durante una de mis migrañas.

El caso es que quiero darte las gracias por enseñarme, y en un futuro volveré a dártelas porque sé que tu lección no ha terminado, ni para mí ni para nadie. Siempre tendrás algo nuevo que mostrarnos. Pero también quiero decirte que dejes de hacerte la listilla, no eres el centro del universo. Bueno... ya sabes a lo que me refiero.

Créeme, no es por ti, es por mí.