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lunes, 7 de octubre de 2013

No todo lo que es oro reluce.

Ni todas las despedidas son amargas. 

Las que duelen, lo hacen porque te están volviendo fuerte. 
Es como tropezar dos veces con la misma piedra: la segunda hostia duele menos.
Pero todo tiene un final, por mucho que lo aplacemos. El verano se acaba, y toca sacar la ropa de invierno del fondo del armario. El cigarro se consume. El café se enfría. Pasas la última página de un libro y lo cierras.
Y queda ese vacío, sí. Pero es un vacío que siempre puede ser reemplazado por otra cosa. Un nuevo libro, un nuevo café, incluso una nueva despedida.
Y toda despedida tiene su lado bueno y su lado malo. Te haces más fuerte, pero te hace más daño. Te subes al coche y vuelves a casa, pero esta vez sin más compañía que tú y el olor de ese tabaco que solíais fumar juntos.

Pero a veces pienso, joder, si no hubiera despedidas, ¿cómo sabríamos hasta qué punto llegamos a importarle a quien se marcha?

Porque como suelen decir: los aeropuertos han visto más besos mucho más sinceros que la mayoría de los banquetes de boda; y las paredes de un hospital han escuchado muchas más oraciones que las de las iglesias.


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