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jueves, 17 de octubre de 2013

Frustraciones y neveras.

Llevo media hora aquí sentada. Vacía de ideas y llena de frío. Quizás no he apagado el ordenador para poder calentarme las manos en el ventilador lateral, y para tener dónde anotar las ideas que decidan aburrirse de jugar al escondite; pero mis manos siguen heladas, y el cenicero se está llenando.

Es frustrante. Completa y jodidamente frustrante.

Así que me levanto. Voy a la cocina y abro la nevera. Y oh, sorpresa, no hay nada de mi gusto. Cierro la nevera, doy una vuelta estúpida por la cocina para luego volver a abrirla. No sé qué parte de mi cerebro decidió pensar que en un escaso minuto se iba a regenerar sola la comida, pero volví a abrirla con toda la ilusión del mundo. 

Y entonces me di cuenta de algo. 

Las ideas son como la nevera. Tiene que pasar un tiempo hasta que haya algo que te guste y de lo que sacarle provecho; si no, tienes que conformarte con algo que no quieres sólo por poder entretenerte un rato. Pero no te gusta, no termina de convencerte. 

Comer por comer, escribir por escribir y fumar por fumar. Es todo lo mismo.

Y llega un momento en el que te saturas. De comida que no te gusta, de humo en los pulmones y de ideas que no reflejan lo que quieres.


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