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miércoles, 16 de octubre de 2013

Frío.

No hay cosa que más me guste que el frío. Incluso aunque en pleno invierno empiece a quejarme y a desear el siguiente verano. En el fondo me encanta.

Hay miles de sensaciones que jamás serían las mismas si la temperatura no rozase los números negativos.

No podría disfrutar de un buen chocolate caliente, no podría entrar en un bar y sentir que la sangre vuelve a circular por mis manos y mi nariz, ni meterme en cama y enrollarme en el edredón alegando que soy un pastelito recién salido del horno, no tendría una excusa para abrigarme tanto que casi ni se me distinga bajo las capas de ropa, no podría disfrutar del sofá y de una buena película mientras fuera llueve como si alguien allí arriba hubiera decidido hacer una secuela del Arca de Noé, las parejitas no podrían aprovechar para abrazarse en mitad de la calle y ponerle los dientes largos a los que todavía no han encontrado a su media chocolatina. Sí, porque las medias naranjas no existen. Algún día partirás tu chocolatina a la mitad y se la darás a alguien que te sonreirá y te dará su mitad al día siguiente. Su mitad de todo. De su próximo dulce, de su paraguas, de su manta, de su cama, de su almohada y de su vida.

Sin el frío, no tendríamos la oportunidad de encontrar medias chocolatinas y de ser pastelitos recién sacados del horno. 


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