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miércoles, 11 de septiembre de 2013

Quizás.



A veces, sólo a veces, me gustaría saber qué pensamientos cruzan tu mente cuando le das esa calada lenta e interminable a tu cigarro. Mientras tú miras a la nada, a mi me gusta escuchar el siseo de la brasa, y el anaranjado calor que se desliza cada vez un poco más cerca de ti. Es como una rutina, aspiras ese humo que te quema, ese humo nocivo, y deslizas los dedos por tu mentón antes de separar el cigarro de tus labios. 
¿En qué pensarás?
¿En esa camarera que acaba de aparecer en tu campo de visión? ¿O ella es sólo una silueta borrosa más? Una de esas que ves cuando inconscientemente tus ojos están fijos en un punto inexistente, y el resto del mundo se difumina y desenfoca mientras en tu mente el bullicio es más claro que nunca.
Odias tener que sentarte fuera a fumar, porque mientras tus pensamientos te entretienen el viento se fuma las caladas que tú no aprovechas... O quizás es eso, quizás odias fumar fuera porque no sólo detestas fumar menos que el viento, si no que no soportas la idea de que tus ideas vuelen con alguna ráfaga inesperada.
A mí tampoco me gusta el viento. Bueno... sólo a veces. Cuando el muy traidor se lleva consigo el vapor de mi chocolate, ese que tanto adoro porque me empaña las gafas. Y yo adoro que se me empañen mientras bebo esa taza caliente. Es como... duplicar el placer. El calor y el sabor mezclado con esa momentánea ausencia de visión, que hace que el resto de los sentidos se agudicen temporalmente.
Quizás... sí, quizás hasta podría oír los latidos de tu corazón mientras fumas a mi lado.

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