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martes, 10 de septiembre de 2013

Mañanas heladas y duchas calientes.

El invierno huele a recuerdos. 
A noches con los pies fríos y la cintura ardiendo en honor al recuerdo de tu brazo sobre ella cada madrugada. A mañanas heladas en las que lo único que le suplicas a tu almohada es que no te arrebaten ese calor tan agradable. A duchas calientes y a mi dedo índice escribiendo tu nombre en el espejo empañado. A chocolates en cualquier rincón de la casa en el que pueda perderme entre mis pensamientos y las gotas de lluvia. A cigarros a medio fumar, consumiéndose lentamente en ese cenicero de cristal que contiene más tristezas que colillas.
Y, ¿por qué no? A unas lágrimas silenciosas que representen ese verano ya pasado en el que sólo me interesaba que fueras tú quien jugase con mi pelo.

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