Contador de visitas

lunes, 11 de noviembre de 2013

Versos, esquinas y rutinas.

Dicen que la noche es de los poetas, las putas y de los que mueren de amor.

Y siempre hay una esquina para cada uno de ellos. Una tranquila en la que crear música con palabras, una fría en la que llenarse la cartera de dinero, y una oscura y silenciosa en la que llorar.

No sé qué nos empuja a perseguir nuestros objetivos, pero me doy cuenta de que todos nos hacen pasar por la monotonía y la rutina. Es como una prueba, como un examen que sólo se aprueba cuando te das cuenta de que tu propio sueño te acaba de conducir por la carretera incorrecta y te mantiene en ella, dando rodeos, conduciendo siempre por el mismo camino, y siempre con el depósito lleno para que no puedas hacer una parada inesperada a repostar. Como si fuera una carretera eterna.

Párate a pensarlo. Ese poeta se pasará mil noches componiendo versos. Si su objetivo es escribir un libro tendrá que protagonizar esa rutina de noches en vela ante un escritorio, siempre igual. Esa puta seguirá apoyada en su esquina esperando al próximo cliente; y si su sueño es pagar una casa o el sustento de sus hijos tendrá que seguir follando noche tras noche, perdida entre falsos orgasmos y sucios billetes. Y ese que se muere de amor no es más distinto que los demás, también pasará por la rutina de días vacíos y noches demasiado silenciosas hasta que consiga convivir con el recuerdo de su otra mitad y del dolor que le provocó.

En el fondo no hay forma alguna de romper la rutina, todo lo que nos rodea se convierte en ella. Si cambiamos una, entraremos en otra.

Puede que no haya forma de escapar de ella, pero cada rutina tiene sus pequeñas paradas, sus pequeñas gasolineras. Y siempre existe la posibilidad de parar cinco minutos, aunque sea a lavar el coche o a por una botella de agua.


martes, 29 de octubre de 2013

Dobles sentidos I.

Mi costumbre de buscar el doble sentido de prácticamente todo tiene a veces sus cosas buenas.

Ejemplo práctico:

Me he pasado treinta minutos tratando de buscar el bichito de los huevos que provoca que mi móvil no acepte actualizaciones y me devore toda la memoria del teléfono, no la de la tarjeta SD. 

Me he pasado todo el verano tratando de buscar el bichito de los huevos que me satura la memoria y no acepta actualizaciones en ese repelente huésped cardíaco encerrado en mi pecho.

Por fin encontré el problema. Desinstalé todo lo que mi móvil utilizaba para relacionarme con el mundo exterior o para facilitarme algunas cosas, sólo un momento, para poder organizarme. Pasé el antivirus y volví a descargar las aplicaciones, ya actualizadas. Sin versiones entorpecedoras y sin uso. Tenía lo que quería, y mejorado.

Por fin encontré el problema. Desinstalé todo lo que me ataba a esas personas que consumían inútilmente mi memoria. También tuve que quitar, inevitablemente, lo que me unía a esas que aún conservo y quiero conservar. Pero sólo fue un momento. Al volver a descargarlo todo, con sus actualizaciones, esas versiones obsoletas ya no estaban, y lo que me interesaba se quedaba ahí, mejorado.

Sólo necesitaba hacer una limpieza en el sistema.

Sólo necesitaba hacer una limpieza en el corazón.

No perdí nada. Ni archivos, ni fotos, ni música, ni vídeos.

No perdí nada. Ni recuerdos, ni lecciones, ni esperanzas, ni sueños.

Da gusto tocar la pantalla del móvil y que todo fluya sin tropiezos ni bloqueos.

Da gusto empezar de cero, pero sin olvidar lo aprendido.


jueves, 17 de octubre de 2013

Frustraciones y neveras.

Llevo media hora aquí sentada. Vacía de ideas y llena de frío. Quizás no he apagado el ordenador para poder calentarme las manos en el ventilador lateral, y para tener dónde anotar las ideas que decidan aburrirse de jugar al escondite; pero mis manos siguen heladas, y el cenicero se está llenando.

Es frustrante. Completa y jodidamente frustrante.

Así que me levanto. Voy a la cocina y abro la nevera. Y oh, sorpresa, no hay nada de mi gusto. Cierro la nevera, doy una vuelta estúpida por la cocina para luego volver a abrirla. No sé qué parte de mi cerebro decidió pensar que en un escaso minuto se iba a regenerar sola la comida, pero volví a abrirla con toda la ilusión del mundo. 

Y entonces me di cuenta de algo. 

Las ideas son como la nevera. Tiene que pasar un tiempo hasta que haya algo que te guste y de lo que sacarle provecho; si no, tienes que conformarte con algo que no quieres sólo por poder entretenerte un rato. Pero no te gusta, no termina de convencerte. 

Comer por comer, escribir por escribir y fumar por fumar. Es todo lo mismo.

Y llega un momento en el que te saturas. De comida que no te gusta, de humo en los pulmones y de ideas que no reflejan lo que quieres.


miércoles, 16 de octubre de 2013

Frío.

No hay cosa que más me guste que el frío. Incluso aunque en pleno invierno empiece a quejarme y a desear el siguiente verano. En el fondo me encanta.

Hay miles de sensaciones que jamás serían las mismas si la temperatura no rozase los números negativos.

No podría disfrutar de un buen chocolate caliente, no podría entrar en un bar y sentir que la sangre vuelve a circular por mis manos y mi nariz, ni meterme en cama y enrollarme en el edredón alegando que soy un pastelito recién salido del horno, no tendría una excusa para abrigarme tanto que casi ni se me distinga bajo las capas de ropa, no podría disfrutar del sofá y de una buena película mientras fuera llueve como si alguien allí arriba hubiera decidido hacer una secuela del Arca de Noé, las parejitas no podrían aprovechar para abrazarse en mitad de la calle y ponerle los dientes largos a los que todavía no han encontrado a su media chocolatina. Sí, porque las medias naranjas no existen. Algún día partirás tu chocolatina a la mitad y se la darás a alguien que te sonreirá y te dará su mitad al día siguiente. Su mitad de todo. De su próximo dulce, de su paraguas, de su manta, de su cama, de su almohada y de su vida.

Sin el frío, no tendríamos la oportunidad de encontrar medias chocolatinas y de ser pastelitos recién sacados del horno. 


lunes, 14 de octubre de 2013

Números, papeles y orgasmos.

La vida nos debe tantas cosas que a estas alturas ni si quiera un buen polvo lo arregla.

Nos ata a objetos, gente y horarios. 

Y nadie, ni siquiera nosotros mismos intentamos cambiarlo. Nos acostumbramos a la rutina que nosotros mismos creamos, vacía; y a pesar de ello tenemos el valor de quejarnos.

Mañana iremos a trabajar, o a clase, nos quedaremos en casa o saldremos con los amigos, y en algún momento nos follaremos a un desconocido o a alguien que lleve un tiempo en nuestra vida; a llenar nuestra rutina con números, papeles y orgasmos.

Nosotros solos nos ahogamos en un vaso de agua.



lunes, 7 de octubre de 2013

No todo lo que es oro reluce.

Ni todas las despedidas son amargas. 

Las que duelen, lo hacen porque te están volviendo fuerte. 
Es como tropezar dos veces con la misma piedra: la segunda hostia duele menos.
Pero todo tiene un final, por mucho que lo aplacemos. El verano se acaba, y toca sacar la ropa de invierno del fondo del armario. El cigarro se consume. El café se enfría. Pasas la última página de un libro y lo cierras.
Y queda ese vacío, sí. Pero es un vacío que siempre puede ser reemplazado por otra cosa. Un nuevo libro, un nuevo café, incluso una nueva despedida.
Y toda despedida tiene su lado bueno y su lado malo. Te haces más fuerte, pero te hace más daño. Te subes al coche y vuelves a casa, pero esta vez sin más compañía que tú y el olor de ese tabaco que solíais fumar juntos.

Pero a veces pienso, joder, si no hubiera despedidas, ¿cómo sabríamos hasta qué punto llegamos a importarle a quien se marcha?

Porque como suelen decir: los aeropuertos han visto más besos mucho más sinceros que la mayoría de los banquetes de boda; y las paredes de un hospital han escuchado muchas más oraciones que las de las iglesias.


miércoles, 2 de octubre de 2013

"Cuando los hombres controlen los gobiernos, los hombres no necesitarán gobiernos. Hasta entonces, estamos jodidos."

                                                                                                    -Charles Bukowski.

viernes, 13 de septiembre de 2013

Siga a ese coche.



A veces me pregunto cuántas historias podrían contarnos los taxistas.
A cuántas entusiasmadas familias habrán acercado al aeropuerto, soportando los emocionados comentarios de los más pequeños y las agradables conversaciones de los adultos. O quizás... ¿a cuántas solitarias siluetas, perdidas en sus pensamientos y en su ansia de encontrar a esa mitad con la que poder compartir un viaje en taxi?
¿A cuántas miradas cómplices y esperanzadas sonrisas? ¿A cuántos silencios tensos, de esos que suceden a una discusión?
¿Cuántas personas en todo el mundo se habrán enamorado en un taxi?
Yo creo que esos incansables conductores han vivido muchas más historias que el resto de la gente. Ellos han sido los causantes de miles de recuerdos. Quizás de una buena noticia; de una conversación telefónica con su intenso "cariño, me han ascendido"; de un grupo de almas excesivamente empapadas en alcohol a altas horas de la madrugada; de incontables nacimientos en atascos; de resoplidos y bufidos de frustración en esas interminables paradas en las horas puntas. 
Me pregunto si alguno de ellos, al llegar a casa y estirar su agotada mente en cama, rememorará todo lo ocurrido en su trayecto diario. 
¿Habrá alguno que sonría cuando piense en esos chavales que por hacer la gracia le han pedido que siga al coche en frente de ellos? ¿Se entristecerá cuando recuerde que ha tenido que llevar al aeropuerto a una pareja a punto de separarse por asuntos de trabajo? 
¿Habrá alguno que, en compañía de una de esas ancianitas que no paran de hablar, se habrá dado cuenta de lo rápido que pasa la vida?
A veces, necesito recordarme a mí misma que de las rutinas más insignificantes se puede crear la más grande e intensa historia.

miércoles, 11 de septiembre de 2013

Quizás.



A veces, sólo a veces, me gustaría saber qué pensamientos cruzan tu mente cuando le das esa calada lenta e interminable a tu cigarro. Mientras tú miras a la nada, a mi me gusta escuchar el siseo de la brasa, y el anaranjado calor que se desliza cada vez un poco más cerca de ti. Es como una rutina, aspiras ese humo que te quema, ese humo nocivo, y deslizas los dedos por tu mentón antes de separar el cigarro de tus labios. 
¿En qué pensarás?
¿En esa camarera que acaba de aparecer en tu campo de visión? ¿O ella es sólo una silueta borrosa más? Una de esas que ves cuando inconscientemente tus ojos están fijos en un punto inexistente, y el resto del mundo se difumina y desenfoca mientras en tu mente el bullicio es más claro que nunca.
Odias tener que sentarte fuera a fumar, porque mientras tus pensamientos te entretienen el viento se fuma las caladas que tú no aprovechas... O quizás es eso, quizás odias fumar fuera porque no sólo detestas fumar menos que el viento, si no que no soportas la idea de que tus ideas vuelen con alguna ráfaga inesperada.
A mí tampoco me gusta el viento. Bueno... sólo a veces. Cuando el muy traidor se lleva consigo el vapor de mi chocolate, ese que tanto adoro porque me empaña las gafas. Y yo adoro que se me empañen mientras bebo esa taza caliente. Es como... duplicar el placer. El calor y el sabor mezclado con esa momentánea ausencia de visión, que hace que el resto de los sentidos se agudicen temporalmente.
Quizás... sí, quizás hasta podría oír los latidos de tu corazón mientras fumas a mi lado.

martes, 10 de septiembre de 2013

Imaginemos un cambio, un mundo alternativo.

"La Tierra ha sobrevivido a miles de intentos de extinción. Los humanos, pese a todas sus hazañas destructivas, no fueron lo suficientemente insistentes como para acabar con su planeta. La Tierra se mantuvo firme, resistió toda clase de ataque.

Hasta ahora.

La propia sociedad ha desatado el apocalipsis. De la forma más insospechada y aparentemente inofensiva, sí; pero lo ha hecho. Y todo empezó con una rebelión...

Los humanos son egoístas. Aquellos que no se arrepienten de haber traído al mundo a sus hijos en tales condiciones se regocijan en el sufrimiento del resto. La ausencia de puestos de trabajo nunca será importante para los altos cargos porque ellos ya tienen uno. Las guerras entre países no encenderán la luz de alerta roja porque los humanos también son cobardes. Lo quieren todo, pero no se matarán por ello si en consecuencia sólo consiguen que se les arrebate lo suyo. Los de arriba nunca se preocuparán por el hambre y las enfermedades más de lo necesario para ganar publicidad y ser vistos con buenos ojos. Los recursos públicos seguirán privatizándose y poniéndose sólo al alcance de los millonarios hasta que la sociedad sea gobernada por famosos, futbolistas y políticos corruptos. Porque eso es lo que quieren, dejarnos tan indefensos, sumisos y mental y físicamente limitados que no podamos hacer nada para evitarlo. Quieren controlarnos, porque nos tienen miedo. Saben que si los de abajo se mueven, los de arriba se caen. A espaldas de nosotros hay tanta mierda acumulada que ya empezamos a olerla, es una cuenta atrás que va a terminar en cualquier momento y ellos lo saben.
Por eso su desesperación por tenerlo todo y más les ha llevado a los métodos más extremos por conseguirlo. No sólo continúan jugando con la salud de los humanos; si no que ahora también con sus enfermedades. No sólo se contentan con crear el pánico con falsas alarmas de atentados, guerras y catástrofes nucleares; si no que las ponen en práctica.
No sólo se convierten en monstruos.
Si no que los crean.
         Y toda paciencia tiene un límite. A todo el mundo le llega la hora en la que no puede seguir siendo testigo de más muertes, desapariciones, leyes inútiles y otras desgracias. Y un dieciocho de noviembre el pueblo sobrepasó ese límite. Se levantaron y por un momento descubrieron que eran más altos que sus opresores. Y aunque sólo fuera un instante pudieron saborear la libertad; eso era todo lo que necesitaban, un último empujón.
                Y estalló la revolución. Una silenciosa guerra en la que mundo mostraba el aspecto de siempre; incluso con ambos bandos inmiscuidos en ella la sociedad continuaba preocupándose por las apariencias. Y bajo aquella máscara de inocencia el odio y la lucha hervían poco a poco."

Mañanas heladas y duchas calientes.

El invierno huele a recuerdos. 
A noches con los pies fríos y la cintura ardiendo en honor al recuerdo de tu brazo sobre ella cada madrugada. A mañanas heladas en las que lo único que le suplicas a tu almohada es que no te arrebaten ese calor tan agradable. A duchas calientes y a mi dedo índice escribiendo tu nombre en el espejo empañado. A chocolates en cualquier rincón de la casa en el que pueda perderme entre mis pensamientos y las gotas de lluvia. A cigarros a medio fumar, consumiéndose lentamente en ese cenicero de cristal que contiene más tristezas que colillas.
Y, ¿por qué no? A unas lágrimas silenciosas que representen ese verano ya pasado en el que sólo me interesaba que fueras tú quien jugase con mi pelo.

Buenos días, indiferencia.

Me pregunto qué ocurrirá cuando nos levantemos de cama y descubramos que todos nuestros planes relacionados con el mundo exterior quedarán completamente arruinados por culpa de la lluvia y la tormenta. Quizás en cierto modo lo prefiero así. Quedarme en casa y poder ser yo misma a tu lado. Y que tú no tengas que ponerte tus pitillos y esos tacones que tanto me gusta que golpeen el suelo bajo tus pies.
Pero por ahora no necesito pensar en eso. Lo único que puedo visualizar en mi cabeza es el humo de tu cigarro escapándose despacio de unos labios que no provocan mariposas en el estómago, provocan tanques. Es demasiado temprano, son las nueve, y por alguna extraña razón me he despertado  seis horas antes de lo normal. Quizás sea porque tu presencia mantiene mi cuerpo en un constante vaivén de emociones y ramalazos de adrenalina... o tal vez porque siento que ya no somos las mismas. Ni tú te estremeces de la misma forma con mis caricias, ni yo pongo tanto esmero en ellas. ¿Qué ocurrirá cuando abras los ojos y me veas en el sofá del salón sola? ¿Te acercarás a mí como solías hacer y me darás los buenos días con un beso, o te sentarás a mi lado y compartiremos otro cigarrillo más en silencio? 
No recuerdo en qué momento de la noche pasada, entre los vapores del alcohol, nos prometimos estar ahí siempre; y tampoco recuerdo en qué momento dejamos de querernos.
Alguna parte de mí sabe que esto ya se ha acabado. Y a esa parte no le importa. Y tú sientes lo mismo, lo dijiste en sueños, o quizás en medio de un orgasmo, no lo recuerdo.

Que tu boca no firme cheques que tu cuerpo no puede pagar.